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LO PEDAGÓGICO DE LA PEDAGOGÍA SOCIAL

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LO PEDAGÓGICO DE LA PEDAGOGÍA SOCIAL

 

XAVIER ÚCAR MARTÍNEZ(**) 

Colegiado núm. 186

Barcelona, junio de 2013

 

 

La pedagogía depende en todo y para todo de los aprendizajes que pretende que realicen las personas con las que trabaja. ¿Que sentido tiene una pedagogía que no genere aprendizajes; que no provoque cambios y transformaciones en la persona, grupo o comunidad?

 

Aunque es conocimiento popular vale la pena tomar, como punto de partida, el sentido etimológico del término Pedagogía. Esta palabra tiene su origen en la antigua Grecia y es resultado de la fusión entre “paidos" que significa niño y “agein”, que quiere decir guiar o conducir. El término no designaba ni una ciencia ni una práctica ni un arte. Se usaba para denominar una actividad que realizaba un esclavo: la de llevar a los niños a la escuela. El pedagogo era el esclavo que acompañaba a los niños a la escuela; quien los conducía hacia el lugar de aprendizaje. 


El tiempo fue transformando aquella idea inicial de acompañamiento o guía de los niños y el significado de la pedagogía se extendió al conjunto de saberes y procedimientos relacionados con el mundo de la enseñanza y el aprendizaje. En sus inicios fue considerada un arte –el arte de la enseñanza- pero el impulso de la ilustración y más tarde la aparición de las ciencias sociales la llevaron a querer ser una más entre estas últimas.


Que la pedagogía fuera una actividad o una función ejercida por un esclavo proporciona una idea muy sugerente respecto al papel  que juega o puede jugar en relación al aprendizaje. Aquello fundamental en una relación educativa, lo nuclear, nunca es la propia pedagogía ni lo pedagógico, didáctico o metodológico. Lo que realmente importa -o nos tendría que importar a los educadores y pedagogos- son sus resultados, es decir, los aprendizajes que la persona, el grupo o la comunidad participante ha realizado y, en todo caso, el potencial que estos aprendizajes tienen respecto la mejora en su calidad de vida. 


La pedagogía es tan dependiente de aquello que busca y la dota de sentido que se convierte en su esclava. La pedagogía depende en todo y para todo de los aprendizajes que pretende que realicen las personas con las que trabaja. ¿Que sentido tiene una pedagogía que no genere aprendizajes; que no provoque cambios y transformaciones en las personas participantes? Es obvio que ninguno. No obstante, la historia de la pedagogía muestra, especialmente la de la pedagogía escolar, que la teoría pedagógica y didáctica se ha focalizado, de una manera casi exclusiva, sobre la enseñanza y, en mucha menor medida, sobre el aprendizaje. Lo que les ha interesado ha sido, sobretodo, como se enseña y muy poco como o porqué se aprende. Cabe decir que ha sido la psicología más que la pedagogía la que ha hecho los avances más significativos en esta línea.


La decantación de lo pedagógico hacia la enseñanza puede resultar comprensible si pensamos que esta último facilita y concreta la tarea pedagógica. La enseñanza es algo que se puede organizar, planificar y preparar, mientras que el aprendizaje es una actividad salvaje que, a día de hoy, resulta imposible de preveer, planificar o organizar con la absoluta certeza de provocarlo.


La ciencia y el arte de la enseñanza se han desarrollado generando didácticas y métodos, generales y específicos, en un intento de conectar la enseñanza con el aprendizaje. La idea, que sustentaba estas prácticas, era que una enseñanza bien organizada y planificada tenía que generar, por fuerza, aprendizajes. Y es cierto; parece evidente que una mayor y mejor preparación y organización de la enseñanza debería producir más y mejores aprendizajes. Pero la realidad, tozuda, se ha encargado de demostrar que esto no tiene por qué ser así en una gran cantidad de casos.


Aunque hoy se continúa definiendo la pedagogía como la ciencia de la enseñanza y el aprendizaje, no puede deducirse, de esta definición, que para que haya aprendizaje tenga que haber necesariamente enseñanza o que toda enseñanza tenga que generar por fuerza aprendizajes. Las cosas son mucho más complejas y esto significa que se pueden encontrar ejemplos de relaciones educativas en las cuales la connexión entre la enseñanza y el aprendizaje es clara y evidente; otras en las cuales esta conexión solamente se intuye o se supone; y otras, por último, en las cuales no existe ninguna conexión entre ellos: aprendizajes que no responden a enseñanzas y enseñanzas que no generan aprendizajes. Desde mi punto de vista, todas estas posibilidades forman parte -o tendrían que hacerlo- de cualquier teoría honesta de la educación y sus resultados.


Es esta discontinuidad entre la enseñanza y el aprendizaje la que, probablemente, ha llevado a algunos autores a afirmar que no existen teorías fuertes en pedagogía. La cuestión que nos inquieta es si, dada esta discontinuidad, es posible generar teorías fuertes o si, en realidad, el proceso de enseñar es una tarea imposible y lo único que existe son los aprendizajes que las personas realizamos, más allá de las formas o procedimientos concretos a través de los cuales los hacemos. No quiero con esto decir que la enseñanza no sea importante que, desde mi punto de vista, lo es y mucho. Tan sólo señalar que los aprendizajes se producen tanto a través de ella como a pesar de ella. 


La pedagogía social conecta con el sentido griego original del término pedagogía. El hecho de no haberse focalizado en exclusiva en los contenidos y si mucho más en la relación, la ha liberado, en buena medida, de la necesidad de enseñar. El pedagogo o el educador social puede ser, sin duda, alguien que enseña, pero esta no es ni su función principal ni la única. De hecho, en buena parte de los contextos en los cuales actúa la pedagogía social, una actitud de enseñanza por parte del educador puede ser totalmente contraproducente respecto a la implicación del participante en la relación educativa. Este podría ser el caso, por ejemplo, en el trabajo con algunos jóvenes infractores o con problemas de marginación o integración social.


Entre muchas otras funciones, el pedagogo social puede mostrar, ejemplificar, ayudar, animar, sostener, acompañar, orientar, conducir y guiar a las personas, grupos o comunidades con los que trabaja. Y esto lo hace, principalmente, a través de sus propias palabras, de sus actitudes ante la vida y los problemas y, finalmente, a través de formas de comportarse y actuar. El pedagogo social desarrolla estas funciones acompañando a las personas en sus procesos de aprendizaje incitándoles para que sean ellas mismas las que trabajen o aprendan a trabajar en la mejora de sus particulares situaciones en el mundo.

 

Las acciones del pedagogo social “son esclavas” de los aprendizajes de los participantes. Esto es lo que Claxton (1984) apuntaba metafóricamente en afirmar que se puede llevar a un caballo a beber a la fuente del conocimiento pero que no se le puede obligar a beber en ella. Es finalmente el mismo que ha de escoger satisfacer o no su sed, obedeciendo a razones que son absolutamente suyas. La elección, las propias decisiones y elecciones están justo en el medio de los procesos pedagógicos. 



 

(*) El artículo puede ser reproducido, citando la fuente y el autor/a

(**) Catedrático de Pedagogía Social, Dpt. Pedagogía Sistemática y Social, Universtitat Autònoma de Barcelona.


 

Fecha de publicación: 15/6/2013

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