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"EDUCACIÓN ANTES Y AHORA" - LA VANGUARDIA, XAVIER URETA
LA VANGUARDIA - 30/04/2026
Xavier Ureta, Dr. en Pedagogía y miembro de la Red de Expertos del COPEC.
Una fotografía de un aula en los años 60 tiene más de siete diferencias con una actual. Se han cambiado los libros por ordenadores y los deberes a lápiz por los digitales. Pero, más allá de los cambios físicos, ¿qué ha ocurrido con la educación y con los propios estudiantes a lo largo de los años? Xavier Ureta Buxeda, doctor en pedagogía y miembro de la Xarxa d’Experts del Col·legi Oficial de Pedagogia de Catalunya, explica a La Vanguardia su visión sobre esta evolución.
Ureta empezó a ejercer como profesor en los años 70, coincidiendo con la implantación de la EGB. Desde entonces ha dedicado más de 48 años a la educación, combinando la docencia con la dirección de centros. A día de hoy, aunque jubilado, sigue impartiendo clases como voluntario en la Facultad de Educación de la UIC Barcelona, aportando su experiencia profesional como pedagogo.
Si tuviera que destacar la diferencia entre los alumnos de las diferentes décadas, ¿cuál sería?
Es difícil generalizar porque hay diversos factores que intervienen. Los que más impactan en educación son los socioculturales, los económico-sociales y, por supuesto, las políticas educativas de cada época. Distinguiría tres etapas. Una primera, de los 60 hasta los 80, en la que el alumnado estaba sometido a un régimen de disciplina muy estricto, se impartían clases magistrales de conocimientos, midiendo su adquisición a través de exámenes: el alumno escucha y no interviene.
Una segunda, de los 80 a los 2000, en la cual se inicia un período en el que conviven dos estilos: el antes mencionado y una educación pretendidamente democrática, a menudo sin un fundamento pedagógico sólido. Todo ello agravado por los constantes cambios legislativos (seis leyes educativas desde 1985 a 2020), que ponen al alumno “en el centro” y las familias entran en escena.
¿Y la tercera?
A partir del año 2000, donde destaca la ausencia de un sistema válido, renovado. Ello acaba dando como fruto aulas con grandes diferencias de niveles de aprendizaje, alumnado poco motivado, sin demasiado interés por la lectura ni por los conocimientos que pone a su alcance el centro educativo, sino los de las redes sociales. A este alumnado ─sobre todo a partir de los 12 años─ no es fácil ponerle límites porque cuestiona el principio de autoridad y no tolera la frustración.
Se ha desdibujado el interés por el conocimiento de las cosas o, dicho de otro modo, hay una pérdida de la consciencia de la importancia del saber
¿Qué tenía el sistema educativo entre los años 60 y 2000 que hoy se ha perdido?
Las pérdidas en educación se deben, en primer lugar, a la ineficacia de las sucesivas leyes educativas en sí mismas ─siempre motivadas por la ideología más que por la pedagogía, y la mayoría son copias ampliadas (que no mejoradas) de las anteriores─. En segundo, los aciertos en la acción educativa del buen maestro, concebida desde la vocación, el afecto y el rigor pedagógico (este, hoy en día, a veces se echa en falta). Tercero, se ha perdido la autoridad del profesorado, poco respaldado por las propias leyes y, a menudo ─como decía─ por la falta de un criterio educativo riguroso y bien fundamentado. Y, para terminar, se ha desdibujado el interés por el conocimiento de las cosas o, dicho de otro modo, hay una pérdida de la conciencia de la importancia del saber.
Mal va el educador que renuncia a su autoridad por miedo a la indisciplina del alumnado o la interacción con las familias
¿Antes había más disciplina o simplemente más miedo ante la regulación de los docentes y los padres?
Viene íntimamente relacionado con lo anterior: ha caído en el olvido la distinción entre la auctoritas (autoridad moral) y la potestas (autoridad formal). La primera es la que se gana por prestigio (por el amor que se pone en lo que se hace); la segunda, impositiva ─la que otorga el cargo─, que, en la actualidad, en un entorno democrático, predispone a la indisciplina. Es cierto que durante demasiados años se ha impuesto la disciplina basada en la autoridad formal, la represiva. A pesar de ello, siempre ha habido buenos maestros cuya disciplina era la basada en su prestigio, que a lo largo de su trayectoria raramente les ha acarreado problemas de orden. Una idea fundamental: mal va el educador que renuncia a su autoridad por miedo a la indisciplina del alumnado o la interacción con las familias. Si el maestro goza de autoridad moral, no tiene problemas ni con unos ni con otros.
¿Son los jóvenes actuales emocionalmente más débiles -como se dice- o simplemente se visibilizan más sus emociones?
Actualmente, desde la irrupción de las teorías sobre inteligencia emocional (Salovey y Mayer (1990), Goleman (1995) o, en España, R. Bisquerra, D. Bueno o E. Bachs, entre los más destacados), en la mayoría de las escuelas de educación básica se trabaja desde esta perspectiva, con lo cual, sin duda, las emociones están más visibilizadas. El alumnado es más consciente de ellas, lo que deriva en jóvenes más fuertes. En cualquier caso, un trabajo adecuado de las emociones requiere una buena orientación, pues en este campo aún queda mucho trabajo por hacer. Antes, lo que pudiera sentir o pensar un alumno no era importante y, demasiado a menudo, debían reprimir sus emociones. Eso no solo en la escuela, sino muchas veces también en un entorno familiar autoritario.
La sociedad demanda a la escuela más de lo que le es exigible respecto a sus fines
¿Es un problema con origen en las aulas o también en los hogares?
El problema tiene un origen social global. Es indiscutible que ha habido una pérdida progresiva de valores que ha tenido una influencia decisiva tanto en las familias como en las aulas. Valores como el esfuerzo, la disciplina, el amor al saber, el respeto a los demás y a sus ideas, el respeto a las cosas y a los bienes comunes, la moderación en las maneras de actuar, en la vestimenta y en el vocabulario, y un largo etcétera, se han ido perdiendo. Cuando yo estaba de becario en un colegio, un sabio maestro me dijo que el 90% de la educación es función de las familias, y el 10% restante de la escuela. Hoy parece que es al revés: la sociedad demanda a la escuela más de lo que le es exigible respecto a sus fines.
¿Y qué ocurre en las familias?
Los errores que puedan cometer las familias se deben a una dejación de sus obligaciones por miedo, por comodidad o por inconsciencia. Esta situación supone que, con demasiada frecuencia, estas han perdido el control de los hijos, y estos han perdido el respeto a sus padres. Por demasiado tiempo se impuso la moda de que no se podía decir “no” a los hijos ─es decir, ausencia de límites─, lo cual es un error que de adultos acaban pagando caro en la vida.
¿Qué tipo de adultos está formando el sistema educativo actual?
Siempre mantengo la idea de que no es bueno generalizar. Sin embargo, sí que, debido a una desorientación general ─de familias, profesorado y alumnado─, a causa de la pérdida de valores y la progresiva ausencia de saberes profundos ─me refiero en especial a la filosofía o a la ética, que invitan a la reflexión y a la meditación─, se aprecia la aparición de un adolescente y un adulto acríticos, pendientes de su imagen ─a menudo sobrevalorada o rechazada─ influidos por las redes sociales más que por la lectura y el estudio, y con dificultades tanto en su expresión oral (con pobreza de vocabulario y muletillas repetidas) como en la comprensión de lo que se les dice.
¿Hasta qué punto el sistema educativo está detrás de estos problemas?
Es evidente que, además del empobrecimiento cultural generalizado, una legislación tan cambiante, que no es capaz de reducir el fracaso y el abandono escolar, y la poca atención por una orientación escolar sólida, son factores determinantes.
Por otra parte, “el sistema” nos habla de trabajar por competencias. De acuerdo, pero a menudo se olvida que las competencias son saberes en acción. Si no se trabaja el saber (los conocimientos), no se puede hablar de competencias. Y estos se consiguen con la guía del maestro, el estudio de las cosas y el esfuerzo personal. Sin saberes, además, no puede haber opinión, es decir, sentido crítico.
Si pudiera recuperar una sola cosa de la educación de antes, ¿cuál sería?
Una sola cosa es mucho pedir, puesto que los más mayores… ¡No hemos salido tan mal! Por ello, hay muchas cosas que podrían recuperarse. Pero si hay que escoger una, me quedo con el saber de los buenos maestros. Con su autoridad moral, su empatía, su talento e ilusión por transmitir conocimientos y valores, su capacidad para crear vínculos y, en especial, con su rico y a la vez enriquecedor vocabulario.
¿Y qué deberíamos dejar definitivamente atrás?
¿De la educación de antes? Los castigos humillantes, la represión de los sentimientos, la falta de afecto por parte de los profesores, la rigidez académica basada solamente en los resultados académicos obtenidos a través de exámenes exhaustivos sin sentido, sin conexión con el alumno.
Hay que replantearse muy seriamente todo el sistema educativo actual (y las leyes que lo sustentan)
¿Y de la actual?
Necesariamente, debemos dejar atrás no conseguir una educación pública de calidad, es decir, con mucho más fundamento y rigor pedagógicos, y los recursos necesarios para conseguirlo. Por ejemplo, no es compatible una educación inclusiva sin una base sólida tanto a nivel pedagógico como de los recursos (humanos, formativos y materiales) necesarios. Las escuelas probablemente no estén preparadas para asumirlo. En general, hay que replantearse muy seriamente todo el sistema educativo actual (y las leyes que lo sustentan). Es imprescindible establecer un marco básico, perdurable, pedagógicamente riguroso y, sobre todo, alejado de cualquier injerencia política.
Para acabar, dados los bajos niveles de aprendizaje detectados a partir de diversas fuentes evaluadoras, da la impresión de que ha habido una involución hacia un sistema educativo funcionalista: ciudadanos sin criterio que solo sirvan para lo que los poderes fácticos quieren de ellos.
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Fecha de publicación: 30/4/2026





